embarazo, Infertilidad

9+5: Hay latido

Me pregunto cómo deben ser las ecografías de las parejas que tienen embarazos normales, que no han pasado por la dureza de la infertilidad o la de perder un embarazo previo. Me imagino que se deben ver como eventos alegres, medio festivos, como oportunidades para poder tener una nueva imagen del futurible hijo.

Después de haber pasado por el embarazo y aborto anterior, por aquella ecografía en que la ilusión se nos rompió en mil pedazos cuando a pesar de ver la imagen de nuestro pequeño oímos aquellas palabras que nos decían que no había latido y no se podía hacer nada, sabíamos que ninguna otra ecografía iba a ser igual.

Afrontamos este nuevo embarazo con ilusión. Estamos contentos con los resultados del ciclo de FIV, con el hecho de haber conseguido ocho embriones sanos después del DGP y con el hecho que hubo implantación en el primer transfer, a pesar de los nervios iniciales por el valor bajo de la beta. Estamos contentos de haber visto latir el corazón de nuestro pequeño en las primeras ecografias, incluídas las de urgencias, y luego la de 7+5.

Pero era imposible no asistir a la ecografía de 9+5 con miedo, pánico, una intranquilidad enorme. Ese era nuestro némesis, la ecografía de la semana 9, era imposible evitar recordar lo que pasó en noviembre pasado.

Así que después de una noche de no dormir especialmente bien, asistimos a la clínica y esperamos en la sala de espera intentando distraer la mente, aunque eso era francamente difícil. Cuando nos llamaron, y mientras Kroquetina se preparaba antes que viniera la doctora, los nervios iban en aumento.

Tuvimos un enorme soplo de alivio cuando vimos las primeras imágenes en el ecógrafo. No solamente de veía el embrion, claramente más desarrollado que en las últimas ecografías, sino que se podía ver con claridad el movimiento correspondiente al latido cardíaco. La doctora lo midió con el ecógrafo Doppler y, efectivamente, había latido positivo a 173 lpm. El embrión medía 30 mm y, según la doctora, todo estaba bien.

Posteriormente hicieron una extracción de sangre a Kroquetina para el análisis correspondiente al cribado (triple screening) del primer trimestre, y fuimos a la visita con la ginecóloga, que nos confirmó que todo estaba bien y que la siguiente visita la deberíamos tener en 3 semanas (el 6 de octubre) para hacer la ecografía de la semana 12 (de hecho será el principio de la 13) y comprobar los resultados del cribado.

Dado que nos dieron un folleto que hablaba sobre la posibilidad de hacer un test genético prenatal no invasivo, decidimos pedir hora con la genetista para que nos explicase más detalles.

Fuimos a casa contentos, muy aliviados, y aunque con otros miedos por delante, parecía que habíamos superado este paso que para nosotros era tan importante.

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Semana 9: no hay latido

Después de la alegría de haber visto a nuestro garbancito por primera vez el equipo de médicos nos indicó que debíamos volver a hacer un control ecográfico en la semana 9 para comprobar la evolución del embarazo. La ecografía ya sería con el equipo de ginecología que atiende a embarazos convencionales, tanto si son consecuencia de tratamientos de reproducción asistida como si no lo son.

Volvían a ser dos semanas de espera, pero esta vez más dulce que en los casos anteriores. Quizá esta vez lo habíamos conseguido, habíamos pasado por todo lo malo que nos tenía que pasar, y ahora tendríamos un embarazo plácido como el resto de parejas.

Nos tomamos nuestro tiempo para leer los libros que habíamos comprado hacía tan poco, aprender un poco más sobre lo que venía a continuación, qué esperar en cada momento, las pruebas que deberíamos hacer, la alimentación más adecuada para una embarazada y otros tantos temas que nos resultaban poco familiares. Puede que más adelante, en otro post, escribiré un pequeño análisis de alguno de estos libros.

Aunque sabíamos que aún era muy temprano, que aún podía ir todo mal, que la mayoría de embarazos que se interrumpen lo hacen en la semana 12 o antes, estábamos positivos. A pesar de todo, la mayoría de embarazos iban bien; al menos esto decían los datos y esto parecíamos inferir de los casos de embarazos de amigos que se daban a nuestro alrededor. Después de todo, quizá solamente habíamos tenido problemas para concebir de forma natural, pero la situación no era tan grave; sólo con dos IAs habíamos conseguido el embarazo cuando habíamos leído de parejas con problemas mucho más graves. No nos podemos quejar, habíamos pensado más de una vez.

Coqueteábamos con la idea de tener un retoño en casa. De forma muy inocente, sabiendo que no era el momento, nos habíamos paseado por alguna tienda viendo un poco más de cerca cunas y cochecitos, no tanto con la intención de comprarlas, que realmente habría sido una decisión absurda y precipitada, sino con la intención de reafirmar mentalmente ese nuevo estado, de poco a poco ir asentando el concepto en nuestras cabezas, ir asimilando que esto iba a suponer un cambio en nuestras vidas, probablemente uno de los cambios más grandes que se pueden experimentar.

Durante estas dos semanas hubo alguna situación que nos hizo bajar de las nubes y tocar de pies a tierra a causa de un fuerte dolor abdominal de Padme, que se temió lo peor, aunque no tuvo ningún sangrado y el dolor terminó desapareciendo.

Salvando esta situación, estuvimos haciendo vida normal, y nadie habría dicho que estábamos embarazados salvo por detalles como que Padme dejó de tomar café y evitaba el jamón y comidas crudas para evitar un inoportuno contagio con Toxoplasmosis.

Cuando llegó el día de la ecografía de control de la semana 9, algo era distinto, y es que nos tuvimos que esperar en una sala de espera que no era la de siempre. Padme lo notó y me hizo el comentario que, efectivamente, nos habían dado el alta de reproducción asistida y pasábamos a estar en el área de ginecología convencional, con gente que ni tan siquiera se había planteado que se podía llegar a eyacular tantas veces en un bote de plástico.

Estábamos inquietos por saber si todo estaba yendo bien, un poco preocupados incluso; sabíamos que todo podía ir mal, pero creo que incluso sabiendo que todo puede ir mal, una nunca se espera determinadas malas noticias.

Cuando empezamos a ver las imágenes en el ecógrafo, se podía apreciar una forma de feto mucho más reconocible, más grande que el embrión que habíamos visto en la semana 6. Claramente se distinguía la cabeza y el resto del cuerpo, y podían intuirse unas minúsculas extremidades, piernas y brazos, recogidos sobre el mismo cuerpo del feto.

Después de ver las imágenes durante unos segundos, intuí que algo no iba bien; Padme no tuvo esa sensación porque estaba absorta contemplando las imágenes de aquella criatura que llevaba dentro.

Poco después la doctora pronunció una frase que, con entonación incluída, voy a recordar toda la vida: No va bien. El embarazo no va bien. Padme se puso la mano en la cabeza intentando superar ese shock, como intentando determinar si esos sonidos que le habían llegado realmente querían decir lo que le había parecido entender, si la situación era real o se trataba de una especie de sueño. Yo me helé por dentro, mientras la doctora continuaba: no hay latido. Efectivamente, la imagen del ecógrafo era estática, inmóvil, inerte. Estaba ahí, pero no estaba con nosotros. Posteriormente se hizo un silencio que pareció cuasi eterno, el mismo silencio que debía haber en el interior de Padme en ese momento; agravando la situación, se podían oir atenuados los latidos de otros ecógrafos de salas colindantes. Ellos probablemente estarían sonriendo de oreja a oreja mientras se acercaba cada vez más el momento en el que podrían tener en sus brazos a sus pequeños. Mientrastanto la desolación nos había dejado atónitos, carentes de palabras y de movimientos.

La doctora nos indicó que debíamos visitarnos con un ginecólogo con la finalidad de programar un legrado.

La espera para que nos atendiera el doctor, aunque tal vez fueran sólo unos minutos, se hizo tan larga como las dos semanas que nos habían llevado hasta ese instante. Nos indicó que efectivamente lo más conveniente era hacer un legrado de urgencia, que se programó para la misma tarde.

El legrado es una operación que requiere ingreso hospitalario, aunque sea solamente para unas horas. Padme tuvo que estar en ayunas hasta el momento de la operación; nos hicieron esperar en una sala y posteriormente se la llevaron. Me entregó sus pendientes y alianza de casada, y no sé cuánto tiempo estuve dando vueltas por esa sala, viendo una vez y otra cada una de las paredes, mientras mi cabeza estaba lejos, muy lejos de esa habitación. Puede que solamente fuera una hora, pero se me hizo larguísima. Cuando volvieron a traer a Padme, aún medio dormida por los efectos de la anestesia, estuve a su lado agradecido porque no hubiera habido ninguna complicación, y aún aturdido por la noticia, todavía sin ser del todo consciente que nuestro pequeño, ahora ya físicamente, no estaba ahí.

Cuando hablamos con el doctor ese día le preguntamos si tenía sentido hacernos algún tipo de pruebas que nos permitiesen saber más acerca de la causa de ese embarazo interrumpido, con la clara finalidad de poderlas circumvenir cuando fuéramos a buscar otro. El doctor nos insistió en que no tenía sentido, que según que tipo de pruebas, como el estudio de trombofilias, sólo se hacen cuando hay un precedente de abortos de repetición, y ese no era nuestro caso. Nos contó que la mayoría de abortos tienen una causa de origen cromosómico, y que probablemente habíamos tenido mala suerte, dado que esto ocurre en un cierto porcentaje de embarazos, porcentaje que aumenta en función de la edad de la mujer. Sin embargo no logró convencernos y más adelante, en la visita nuevamente con los doctores de reproducción asistida, volveríamos a insistir sobre nuestra voluntad de hacernos más pruebas.

Ahora restaba hacer vida normal, esperando de nuevo la aparición de la regla, y con ella, la vuelta a empezar. Y, lo más duro de todo, asumir de nuevo la nueva situación, sobrellevar el profundo dolor de haber perdido al que iba a ser nuestro hijo, por pequeño que fuera, y conseguir fuerzas para seguir luchando.