Infertilidad

Un año

Antes de nada, comentar que en vista del post anterior, mi mujer (a la que vamos a llamar Padme, por seguir con los personajes de Star Wars) me ha dicho que si alguna vez tenemos un niño, no se va a llamar Luke (ni tampoco Leia si es una niña). Bueno, era de esperar.

Resulta que la especie humana no es especialmente fértil (aunque uno ve lo lleno que va el metro por las mañanas y le entran dudas). Si uno mira referencias en Internet (hay muchas, y no todas cuadran, pero sirven para hacerse a la idea), la probabilidad de conseguir un embarazo por ciclo menstrual va en función de la edad, y es de un 25% para mujeres de 25 años, y de un 12% para mujeres de 35 años (obviamente decrece con la edad), para parejas que mantienen “relaciones sexuales regulares” (aquí un paréntesis: no he conseguido encontrar información sobre qué se entiende por “regulares”, ¿una vez al año, por Semana Santa?). Todo esto en condiciones normales, es decir, suponiendo que no hay ninguna alteración o patología en la mujer ni en el hombre. Entonces esto se traduce en que para mujeres de 35 años pueden llegar a necesitarse 9 ciclos para conseguir un embarazo.

Es por este motivo que antes de someterse a un estudio (y posible tratamiento) de fertilidad, la recomendación médica estándard es que hay que dejar pasar un año de intentos de concebir sin éxito. Y la verdad que esto me parece mal. Porque por un lado tiene sentido desde un punto de vista estadístico (si no lo has conseguido en un año entonces probablemente hay un problema), pero, por otro lado, hay determinados problemas que se pueden detectar antes con pruebas médicas simples y baratas. Entonces, ¿por qué esperar un año cuando se podría tener más información desde el principio? Especialmente sabiendo que la probabilidad de éxito disminuye con la edad, dejar pasar ese valioso tiempo es algo que se podría evitar.

Padme informó a su ginecóloga de nuestras intenciones, y le prescribió tomar ácido fólico, ya que ayuda a prevenir defectos congénitos en los bebés. Así que me fui a la farmacia y compré todos tipos de ácidos fólicos que tenían, por si acaso. Luego resultó que con uno era suficiente (y la cosa quedó en Acfol que aparentemente lo tienen en todos sitios). También le prescribió una analítica básica de sangre, una de hormonas también básicas, y una de enfermedades peligrosas para el embarazo, que salieron todas bien.

Y seguimos probando, y probando, y probando, durante casi un año. Y sí, no cabe ninguna duda que quizá esta es la parte más divertida de todo el proceso. Pero con cada regla llegaba también una frustración (sin duda mucho más intensa para Padme, pobre, porque ella lo sufría en sus propias carnes).

Llegado este punto, y viendo que las pruebas prescritas estaban bien, la ginecóloga prescribió a Padme unas analíticas un poco más complejas, una histerosalpingografía (que sirve para ver si las trompas están obstruídas, os cuento este episodio en otro post) y un seminograma para mí (es sólo después de un año cuando se pide la primera prueba al hombre, muy injusto, ¿no? especialmente teniendo en cuenta que los problemas de fertilidad masculinos son tan frecuentes como los femeninos).

En la próxima visita, un mes después, la ginecóloga revisa los resultados; a Padme le receta Deltius (vitamina D), ya que está baja de esa vitamina; y dados los malos resultados de mi seminograma y el tiempo que llevamos intentándolo sin conseguirlo, nos dice que deberíamos buscar ayuda en un centro de reproducción asistida. Ahí, justo ahí, es cuando dejamos de ser una simple pareja con la ilusión de ser padres para pasar a ser pacientes; ahí es cuando empieza nuestra sed de conocer, cuando “HCG”, “folículo” y “movilidad de grado 3” pasan a ser términos de uso tan común como “bocadillo de jamón”.  Ahí es cuando nos empezamos a dar cuenta de cuánto se puede llegar a querer a alguien que todavía no existe.

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Infertilidad

No soy tu padre

Muchos recordamos con emoción uno de los momentos más épicos de la historia del cine, aquella secuencia de Star Wars en la que Darth Vader le dice a Luke Skywalker “No. Soy tu padre”. Y años después, resulta que por circunstancias de la vida a uno le entra el gusanillo de ser padre, y no por querer ser Darth Vader (aunque los sables láser molan bastante).

En el momento en que una pareja toma la decisión de tener hijos, está tomando una de las decisiones más importantes de su vida, asumiendo de antemano la responsabilidad que supone traer a alguien a este mundo, protegerle, educarle, hacer con él también un mundo mejor, y satisfaciendo como pareja y como individuos sus necesidades de sentirse realizados como personas. Al fin y al cabo, reproducirse es probablemente la misión más importante que todo ser vivo tiene en la vida.

E influenciado por todo lo que sabemos y vemos en la vida, en nuestro entorno, amigos, familiares,  en la televisión, uno piensa que las dificultades van a venir desde el momento en que ese hijo o hija estén en el mundo, que dichas dificultades consistirán en saber si seremos capaces de organizarnos, si sabremos cambiar un pañal, si sabremos hacer que nuestro Luke no vaya al lado oscuro.

Y la realidad es que no siempre es tan fácil, y que concebir y conseguir un embarazo puede llegar a ser muy difícil. La esterilidad (o infertilidad, como se suele llamar comunmente) afecta cada vez a más parejas, que, en el mejor de los casos, luchan desesperadamente por conseguir ese hijo que tanto anhelan. Y este es también nuestro caso. En este blog os contaré nuestra aventura para conseguir ser padres, con el objetivo que personas en una situación similar puedan sentirse identificadas, sepan que no están solas, y tengan algo que leer durante las largas esperas (que van a ser unas cuantas).

Por último: soy un hombre. He leído multitud de foros, libros y blogs y casi todos están dirigidos a mujeres. Y eso me parece muy bien y de hecho normal, porque ellas son las que menstrúan, ovulan, se embarazan y tienen que sufrir el dolor de querer ser madres y no conseguirlo. Pero como hombre también se sufre el dolor emocional, la angustia, la incertidumbre, el deseo de querer “arreglar algo” que no podemos arreglar, y todo eso viene culminado con lo que la sociedad nos ha inculcado de pequeños que espera de nosotros: que no lloremos, que no mostremos emociones, y que arreglemos cosas rotas. Así que he decidido contar, desde la perspectiva de un hombre, el camino a la (esperemos) paternidad.

De momento, Luke, no soy tu padre.