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Visita con la genetista

En la visita de la ecografía de la semana 9+5 hicieron a Kroquetina una extracción para hacer el cribado del primer trimestre, cuyos resultados se iban a evaluar en la próxima ecografía de la semana 12. Nos dieron un folleto con información sobre un test genético prenatal no invasivo y quisimos informarnos, por ese motivo pedimos hora con la genetista.

La visita fue muy informativa y creo que valió la pena. En el folleto del test se indica que detecta con una fiabilidad “alta” alteraciones cromosómicas en los cromosomas 21, 18 y 13 (que se corresponderían con los síndromes de Down, Edwards y Patau, respectivamente) así como algunas microdelecciones (pequeñas pérdidas de material genético) con una sensibilidad del 93%, en particular las correspondientes a los síndromes de DiGeorge, delección 1p36, Cri-du-Chat, Angelman y Prader-Willi. Los niños nacidos con estos síndromes sufren de discapacidades intelectuales en distintos grados.

Nuestra duda principal era saber si tenía sentido hacernos este test en ese momento (las siguientes dos semanas estaríamos de vacaciones) y tener los resultados juntamente con los correspondientes al cribado del primer trimestre. Nos dijeron que si los resultados del cribado salían alterados entonces recomendaban hacer una prueba invasiva, pero no nos quedó claro exactamente en qué condiciones, o si la prueba invasiva se podía substituir por este test no invasivo (que es de pago). Tampoco teníamos claro si estas microdelecciones también las detecta la prueba invasiva o no, porque en el caso que no las detectara la prueba invasiva, haríamos ya la prueba no invasiva.

La genetista nos hizo una visita que casi pareció una clase magistral. Nos contó que salíamos con una cierta ventaja por el hecho de haber hecho DGP, y que ella se fía más de los resultados del DGP que del triple screening, principalmente porque el DGP es un análisis genético, y el cribado simplemente es una cifra con un valor de riesgo que se basa en el análisis de determinados parámetros (en particular, las hormonas beta-HCG, la PAPPA, la edad de la mujer y la translucencia del pliegue nucal detectable en la ecografía de la semana 12). Lógicamente no deja de ser una fórmula y por eso no es tan fiable como el DGP. Además nos dijo que se están haciendo algunos estudios (de momento sin conclusiones publicables) que indicarían que para los embarazos provenientes de FIV con embriones congelados los valores de estas hormonas podrían aparecer ligeramente alterados. Para nuestro caso, nos dijo, el parámetro que más importancia tendrá será el análisis del pliegue nucal en la ecografía, y en función de todos los datos del cribado se propondrá o no la realización de una prueba invasiva, que en nuestro caso sería una biopsia de corión por la edad gestacional (el riesgo de aborto es ligeramente más elevado que en el caso de la amniocentesis, pero la amniocentesis es recomendable hacerla más tarde cuando hay una cantidad más grande de líquido amniótico).

La genetista nos informó también que la prueba invasiva es capaz de detectar las microdelecciones y en general es más precisa que el test no invasivo. También que el test no invasivo, a pesar que en el folleto se indica que se puede hacer a partir de la semana 10, ellos recomiendan hacerlo a partir de la semana 12, dado que es un test que se basa en la presencia de ADN fetal en la sangre de la madre, y la cantidad en la semana 10 puede ser todavía demasiado pequeña, hasta el punto que si es inferior al 4%, hay que repetir la prueba.

Otro dato que me pareció relevante es el del Valor Predictivo Positivo (VPP) de la prueba para las microdelecciones, y este es un dato que, por razones obvias, no aparece en el folleto. Este valor es de un 20%. Esto significa que en un 80% de los casos en los que el test da positivo para estas microdelecciones, se trata de un falso positivo, con lo cual en esta situación se terminaría haciendo un test invasivo (con el consiguiente riesgo) que probablemente sería innecesario.

Dadas las circunstancias, sabiendo que probablemente era demasiado temprano par hacer la prueba no invasiva y que igualmente si saliera algo alterado en el triple screening (esperemos que no) habría que hacer una prueba invasiva, decidimos esperarnos. Si hubiera que hacer una prueba invasiva el test no invasivo no tendría sentido; por contra, si en el cribado sale todo bien, nos plantearemos hacer el test no invasivo para tener más información (y con nuestro nivel de paranoia, muy probablemente lo haremos).

Así que la siguiente visita es la semana que viene (tres semanas después de la última eco), para la ecografía de la semana 13 y la revisión de los resultados del cribado. Mientrastanto hacemos unas vacaciones que, después de todo, nos apetecen mucho.

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Infertilidad

9+5: Hay latido

Me pregunto cómo deben ser las ecografías de las parejas que tienen embarazos normales, que no han pasado por la dureza de la infertilidad o la de perder un embarazo previo. Me imagino que se deben ver como eventos alegres, medio festivos, como oportunidades para poder tener una nueva imagen del futurible hijo.

Después de haber pasado por el embarazo y aborto anterior, por aquella ecografía en que la ilusión se nos rompió en mil pedazos cuando a pesar de ver la imagen de nuestro pequeño oímos aquellas palabras que nos decían que no había latido y no se podía hacer nada, sabíamos que ninguna otra ecografía iba a ser igual.

Afrontamos este nuevo embarazo con ilusión. Estamos contentos con los resultados del ciclo de FIV, con el hecho de haber conseguido ocho embriones sanos después del DGP y con el hecho que hubo implantación en el primer transfer, a pesar de los nervios iniciales por el valor bajo de la beta. Estamos contentos de haber visto latir el corazón de nuestro pequeño en las primeras ecografias, incluídas las de urgencias, y luego la de 7+5.

Pero era imposible no asistir a la ecografía de 9+5 con miedo, pánico, una intranquilidad enorme. Ese era nuestro némesis, la ecografía de la semana 9, era imposible evitar recordar lo que pasó en noviembre pasado.

Así que después de una noche de no dormir especialmente bien, asistimos a la clínica y esperamos en la sala de espera intentando distraer la mente, aunque eso era francamente difícil. Cuando nos llamaron, y mientras Kroquetina se preparaba antes que viniera la doctora, los nervios iban en aumento.

Tuvimos un enorme soplo de alivio cuando vimos las primeras imágenes en el ecógrafo. No solamente de veía el embrion, claramente más desarrollado que en las últimas ecografías, sino que se podía ver con claridad el movimiento correspondiente al latido cardíaco. La doctora lo midió con el ecógrafo Doppler y, efectivamente, había latido positivo a 173 lpm. El embrión medía 30 mm y, según la doctora, todo estaba bien.

Posteriormente hicieron una extracción de sangre a Kroquetina para el análisis correspondiente al cribado (triple screening) del primer trimestre, y fuimos a la visita con la ginecóloga, que nos confirmó que todo estaba bien y que la siguiente visita la deberíamos tener en 3 semanas (el 6 de octubre) para hacer la ecografía de la semana 12 (de hecho será el principio de la 13) y comprobar los resultados del cribado.

Dado que nos dieron un folleto que hablaba sobre la posibilidad de hacer un test genético prenatal no invasivo, decidimos pedir hora con la genetista para que nos explicase más detalles.

Fuimos a casa contentos, muy aliviados, y aunque con otros miedos por delante, parecía que habíamos superado este paso que para nosotros era tan importante.

Infertilidad

La primera eco y dos visitas a urgencias

Después de la beta positiva y la angustia por el valor inicial bajo, que finalmente se multiplicó correctamente, teníamos la primera ecografía de control el jueves 17 de agosto. Correspondía a la semana 6+0 de gestación y hay que decir que íbamos con miedo por si estaría todo bien, o por si se trataría de un caso de huevo huero, dado que Kroquetina no estaba experimentando entonces muchos síntomas de embarazo y la angustia dominaba (y aún domina) nuestras mentes.

Se ve que durante el mes de agosto los médicos de nuestra clínica que trabajan son los más jóvenes, los más mayores (con más experiencia) supongo que se aprovechan un poco y cogen agosto entero de vacaciones. La médica que hacía la ecografía era bastante joven. Después de examinar las imágenes del ecógrafo, nos dijo que se veía un embrión de 3 mm y la vesícula vitelina. Se podía oir el latido, con una frecuencia de 93 lpm. Esto preocupó a la médica, que llamó a otra doctora para que entrase en la sala y lo revisase. Me helé por dentro. Era la misma doctora que nos había hecho la eco de la semana 9 en en el embarazo anterior, así que la imagen de esta mujer me evoca inevitablemente el dolor y la pena de ese momento (aunque soy consciente que ella no tiene ninguna culpa, lógicamente).

La segunda doctora volvió a medir la frecuencia cardíaca del embrión (FCF) y le salió 94 lpm. Dijo que estaba bien, que estábamos muy al principio y que luego iría aumentando. Está todo bien, enhorabuena, nos felicitó. Pero la paranoia infértil es así, que incluso cuando la doctora te está diciendo que está todo bien, no sabes si lo puedes celebrar… si está bien ahora, pero quizá dentro de cinco minutos no estará bien.

Reconozco que me fui a casa preocupado por el ritmo cardíaco que detectaron al embrión ya que aparentemente por debajo de 100 lpm empeora el pronóstico. No obstante, también es cierto que, como dijo la doctora, estábamos muy al principio, y hay casos en los que en una ecografía de 6+0 no se llega a detectar latido, así que dentro de lo que cabe parecía que todo podía estar bien.

Posteriormente a la ecografía tuvimos una visita con un médico de reproducción asistida. No era nuestro médico de siempre, que se encontraba de vacaciones. Nos dijo que estaba todo muy bien, que por la fase en la que nos encontrábamos estaba todo correcto, y que lo que deberíamos hacer era programar otra ecografía para dentro de dos semanas. Nos dio algunos consejos sobre la vida a llevar a partir de ahora, no comer cosas crudas, no beber alcohol ni fumar (no bebemos alcohol ni fumamos normalmente, y lo de no comer cosas crudas hace tiempo que lo hacemos por si las moscas).

Digiriendo esa noticia (nuestra eco había ido bien) y las del exterior (el mismo día que fuimos a hacer la ecografía tuvo lugar el atentado terrorista en Barcelona, ocurrió mientras estábamos en la clínica), fuimos a casa y pasamos un fin de semana intentando estar tranquilos.

La semana siguiente Kroquetina tenía la opción de trabajar desde casa y así lo hizo. Yo también podía trabajar desde casa algunos días, y aunque el lunes 21 tenía que ir a la oficina, pude ir a casa por la tarde. Estuvimos los dos trabajando en casa tranquilamente, cada uno en su ordenador. Un poco antes de las 16h se me acercó Kroquetina con cara muy preocupada, diciéndome que estaba sangrando bastante. La abracé, temiéndome lo mismo que se estaba temiendo ella, y a continuación me vestí y salimos hacia urgencias de la clínica. En cuanto nos atendieron (desde luego no fue inmediato, uno pensaría que las “urgencias” significan otra cosa) hicieron una ecografía a Kroquetina, en la que se podía ver el embrión, con un tamaño de 4mm, y latido (no midieron la frecuencia cardíaca). Nos dijeron que se trataba de un caso de amenaza de aborto y que era necesario reposo absoluto durante una semana, y que poco más se podía hacer.

Fuimos a casa con una mezcla de nervios y alivio. Por un lado, nuestro embrión seguía ahí; por otro, el sangrado claramente no podía ser buena señal y ahora íbamos a estar mucho más angustiados de lo que ya estábamos. Internet nos terminó de iluminar con la estadística que el 50% de embarazos que son diagnosticados con amenaza de aborto siguen adelante (y 50% no siguen adelante).

El martes 22 de agosto fue un día tranquilo, pero el miércoles 23 volvimos a tener un susto. Kroquetina expulsó un tejido, que no sabemos qué era, pero que, según las mismas palabras de Kroquetina, tenía una textura parecida al hígado. Nos temimos lo peor. No fuimos a urgencias inmediatamente, sino que esperamos a la tarde. Pensábamos que lo habíamos perdido. Estuvimos dándole vueltas a la cabeza todo el día: qué pasaría ahora, qué significaba perder un embarazo con un embrión de DGP, que quizá habría algún problema más grave que aún no sabíamos y deberíamos casi volver a empezar desde el principio…

En urgencias el médico examinó a Kroquetina. Dijo que todo estaba bien, no había sangrado activo ni restos hemáticos, y volvió a hacer una ecografía. Esta vez si respiramos con un alivio enorme al volver a ver el embrión, se seguía oyendo latido (esta vez pudimos verlo con más precisión ya que el médico puso la visualización de colores de la ecografía Doppler). Nos dijo que todo estaba bien y que siguiéramos con el tratamiento prescrito hasta la siguiente ecografía.

Después de estos dos episodios los síntomas de Kroquetina volvieron a la normalidad, con abundancia de náuseas que aunque desagradables, a estas alturas casi son un síntoma bienvenido.

La siguiente ecografía la tenemos el martes 29 de agosto. Corresponderá a una gestación de 7+5 semanas. Aunque ahora estamos un poco más tranquilos, seguro que el día de la ecografía volveremos a pasar una angustia enorme. Tenemos todos nuestros deseos puestos en que todo siga bien.

Infertilidad

Transfer y betaespera: ¡positivo!

El lunes 24 de julio Padme (Kroquetina) fue a la clínica para que le hicieran una extracción de sangre para analizar los niveles de progesterona y estradiol. Por la tarde teníamos visita con el médico, que revisaría si todo estaba correcto para hacer el transfer el día siguiente.

En la visita, el médico hizo una ecografía a Kroquetina, en la que pudo observar que el endometrio tenía estructura trilaminar y un grosor de 8mm. Los niveles de progesterona y estradiol (9,95 y 94,4 respectivamente) eran también los correctos. Se podía proceder con el transfer.

Ese día entregamos un consentimiento informado, ya que sin él no pueden descongelar los embriones. Nos dieron un documento con las instrucciones para la  criotransferencia. Ahí indicaba que Kroquetina debía continuar tomando las pastillas de estradiol y progesterona, y que teníamos que estar en el hospital al día siguiente a les 15:30 para hacer el ingreso. También indicaba que Kroquetina debía evitar orinar a partir de una hora antes de la hora prevista para la transferencia, para que la vejiga facilite la entrada del catéter en el útero, así como unas instrucciones para después de la transferencia (lo de siempre, ritmo de vida tranquilo, nada de relaciones sexuales ni baños de inmersión). La beta la tendríamos que hacer el jueves 3 de agosto.

Fuimos a casa contentos por el hecho que todo estaba bien y por fin haríamos el transfer.

Al día siguiente los dos habíamos pedido día en el trabajo (con distintas excusas) y empezamos el día tranquilo y relajado, hasta que fuimos al hospital. Llegamos allí antes de la hora, hicimos los trámites del ingreso y nos hicieron esperar en una sala de la planta de FIV. Al cabo de un rato esperando nos llamaron  y pasamos a una pequeña consulta donde se encontraba nuestro médico, vestido para operar (con la correspondiente bata y gorro). Nos dijo que el embrión que descongelaron había sobrevivido a la descongelación y por lo tanto sólo hizo falta descongelar uno. La probabilidad que sobreviva a la descongelación es bastante alta (un 92% en nuestro centro), pero si no hubiera sido así, habrían descongelado el siguiente, para no perder la oportunidad del transfer. Nos alegramos mucho también de oir eso, eso significaba que seguíamos teniendo 7 embriones sanos vitrificados.

A continuación nos pasaron a otra sala (una especie de box) donde Kroquetina tuvo que desvestirse y ponerse una bata para entrar a la sala de transfers (es como un quirófano). Yo también podía entrar y también tenía que ponerme una bata, pantalones y gorro, todo para asegurar la máxima asepsia posible. Momentos más tarde una enfermera llevó a Kroquetina en silla de ruedas hasta la sala de transfer, y yo les seguí. En la sala de transfer, Kroquetina debía ponerse en posición ginecológica, y yo podía sentarme a su lado. Posteriormente entró el médico, le puso el espéculo a Kroquetina e iluminó la zona de trabajo con un reflector. La enfermera puso gel en la zona abdominal de Kroquetina y le empezó a hacer una ecografía abdominal. Mediante las imágenes del ecógrafo, el médico se guió para introducir el catéter en el útero, y llegado un punto, la enfermera midió la distancia entre el catéter y el fondo del útero mediante el ecógrafo (16 mm). El médico dijo “me quedo ahí”, y entonces entraron unas mujeres del laboratorio con una jeringa, que entregaron al médico.

“Pues aquí tenemos el embrión”. Fueron las palabras del médico mientras nos enseñaba una jeringa en la que se hallaba nuestro pequeño blastocisto, pero lógicamente no lo podíamos ver a vista desnuda. Qué impresión y qué responsabilidad, ahí estaba, por fin lo teníamos cerca; era, por decirlo de alguna forma, la primera vez que nos veíamos, ya que su concepción en realidad había ocurrido lejos de nosotros, en el laboratorio.

El médico conectó la jeringa al catéter e inyectó el contenido lentamente. En la pantalla pudimos ver una gota blanca brillante, que es el medio de cultivo en el que se encuentra el embrión. Lentamente el médico retiró el catéter y se lo llevaron para analizar bajo el microscopio (hay que hacerlo para asegurarse que el embrión no se ha quedado allí). Mientrastanto Kroquetina tenía que seguir en esa posición, con todo preparado por si el embrión se hubiera quedado en el catéter y había que repetir la transferencia. Pero no hizo falta, las mujeres volvieron a entrar en la sala diciendo que todo estaba bien. El embrión estaba dentro de Kroquetina.

Llegado ese momento le secaron el gel de la ecografía a Kroquetina y le quitaron el espéculo, pero debía permanecer tumbada unos 15 minutos. Posteriormente se la llevaron de nuevo en silla de ruedas a la sala/box donde habíamos estado esperando. La enfermera le dijo a Kroquetina que podía orinar, y que debía tumbarse 5 minutos más. Kroquetina no estaba muy convencida de lo de orinar, por si se perdía el embrión, pero finalmente lo hizo. Estuvo tumbada un rato más (al final fueron más de 10 minutos, pero nadie nos puso ningún problema), se vistió, y fuimos para casa. Ya se encontraba con nosotros, y estábamos oficialmente en betaespera.

Es curioso porque el proceso de betaespera es una especie de mito en el mundo de la infertilidad, y esta era nuestra primera vez, la primera vez que betaesperábamos. Aunque para ser justos, habíamos hecho 2 IAs y en las dos habíamos tenido que esperar para ver si el tratamiento había funcionado. Lo que pasa es que en esa ocasión el test era en orina y no en sangre.

La beta la teníamos en 9 días, y hay que reconocer que se hicieron un poco largos, pensando en si seguiría ahí, si se habría implantado, si habría funcionado. Kroquetina estaba bastante convencida que no habría funcionado porque no tenía síntomas como sí los había tenido en la IA en la que conseguimos el embarazo anterior.

El jueves 3 de agosto Kroquetina fue a la clínica para que le hicieran el análisis, y posteriormente debía llamarnos nuestro médico. Los resultados los pudimos consultar online antes, y fue como una jarra de agua fría. La beta era de 61 UI/L, por lo tanto era positiva, pero el valor era un poco bajo. Así lo confirmó el médico en la llamada posterior: consideran que es una beta buena a partir de 100 UI/L, y que hay un mal pronóstico si está por debajo de 50 UI/L. Entre 50 y 100 UI/L, no está claro qué puede pasar, y piden repetir el análisis al cabo de unos días (debería duplicarse el valor cada 2-3 días). Le dijeron a Kroquetina que debía hacérselo una semana después, el jueves 10 de agosto.

Nos preocupamos muchísimo con ese resultado. Íbamos muy mentalizados para que fuera negativo, y hasta con fuerzas de intentar otro transfer a continuación si este no había funcionado. Pero esto nos dejó aturdidos: es un sí pero no, un positivo pero no muy positivo. Ahora en lugar de estar celebrando el positivo, estábamos preocupados por si el embrión se había parado; por si se trataría de un embarazo bioquímico y cómo podía pasar eso, si habría que hacer más pruebas, y qué más podíamos hacer además de todo lo que ya habíamos hecho, incluyendo el DGP…

Kroquetina y yo decidimos que haríamos un análisis de beta por nuestra cuenta el lunes 7 de agosto para no pasar tantos días de sufrimiento. Fue toda una odisea conseguir el resultado de ese laboratorio. Kroquetina fue a un laboratorio que le cae de camino al trabajo, y donde ya habíamos hecho análisis anteriormente sin problema. No obstante, en esa dirección ahora hay otro laboratorio, que pertenece al hospital privado que hay en el mismo edificio. Kroquetina no se dio cuenta de este cambio, y de forma normal pidió hacer la analítica de beta-HCG. Después de un caos enorme le sacaron la sangre, pero nadie en ese laboratorio sabía cuándo estarían los resultados (¡nos llegaron a decir que tardarían una semana!). Después de discutir con ellos durante bastante tiempo por teléfono, y en varias llamadas durante el día, finalmente conseguimos que nos dieran los resultados el lunes por la noche. ¡La beta había subido a 444 UI/L! Dado que eran 4 días después de la beta del jueves, habría estado bien un valor por encima de 244 UI/L, y éste estaba bastante por encima. Nos dejó un poco más tranquilos porque al menos parecía que estaba evolucionando bien (ya nos habíamos convencido que no, de nuevo por la ausencia de síntomas de Kroquetina).

La beta oficial con nuestra clínica era el jueves 10 de agosto, y tuvimos los resultados muy rápido. ¡Había subido a 1852 UI/L! Parecía que estaba creciendo bien. Respiramos un poco más tranquilos. Habíamos hecho no una, sino tres betaesperas con este transfer, y tras pasar muy malos momentos al recibir el resultado de la primera beta, podíamos tranquilizarnos un poco al recibir la tercera.

Uno de los médicos del equipo llamó a Kroquetina (el nuestro está de vacaciones) y nos programaron la ecografía de control para la semana que viene, el jueves 17 de agosto. Así que ahora estamos en ecoespera, con una parte de ilusión y otra de nervios y miedo, deseando que todo esté bien.